
Por Patricia Vega
Isabel Trejo, artesana del poblado Soledad de Guadalupe. (Imagen tomada de la Revista ProNatura)
El barro se desliza por los dedos surcados por el tiempo. El sol cae como plomo derretido sobre una lámina que le resguarda de los rayos del astro, pero no del bochorno.
Isabel Trejo Rubí, tiene 65 años, y día a día, ya no recuerda desde hace cuánto, se le va la vida en moldear patos, estrellas , soles, lunas y otros objetos de ornato que luego coloca en fila maquinalmente para dejarlos secar.
Isabel vive únicamente con su esposo en una lejana comunidad que no podía llamarse de otro modo más que Soledad de Guadalupe, en la Sierra Gorda del Estado de Querétaro.
Por aquella zona se oye hablar de proyectos ecoturísticos en la Biósfera, y en los que Isabel Trejo forma parte, al ser trabajadora de un Taller de Cerámica apoyado por el Grupo Ecológico Sierra Gorda, quien dirige el rescate de la reserva de 383 mil hectáreas de área natural protegida, incluido su ecosistema y su gente, a través de millonarios programas medioambientales; pero esto Isabel no lo sabe, no lo nota.
Hace poco, un grupo de reporteros visitó el taller de cerámica. Para llegar hasta aquel paraje hay que transitar cerca de dos horas por terracería y otras más por la cinta asfáltica.
Sin embargo, ya otros interesados en conocer el afamado proyecto han logrado ingresar al sitio, así es que Isabel no se inmutó cuando vio llegar la caterva con cámaras, micrófonos, grabadoras, flashazos, preguntas y hasta órdenes.
“¡Póngase este micrófono debajo del delantal, por favor doñita!”, “¿Cómo se llama?”, “A ver madre mire a la cámara”; le estallan los comentarios a Isabel, que finalmente accede a desviar su atención del barro queretano, abandona los monosílabos que la escudaron en principio y desahoga parte de su vida cotidiana, de sus jornadas de 10:00 a 17:00 horas, de la mínima ganancia de cien pesos a la semana que obtiene del barro y que debe conjuntar con el apoyo del Programa federal “Oportunidades”.
El taller de cerámica en Soledad de Guadalupe es atendido por Bonifacia Coca Guzmán, de tan sólo 14 años.
El Grupo Ecológico Sierra Gorda es intermediario entre los artesanos y los turistas. A cambio de dar clientes al taller, la asociación coloca su logo en los souvenirs.
Una tasa de ornato cuesta desde los artesanos, diez pesos, pero desde los escaparates finales del municipio de Jalpan de Serra, Querétaro, el precio sube al doble.
El proyecto liderado por la familia queretana Ruiz Pedraza no deja de ser ambicioso y palpable porque incluso hay premios que ha obtenido por su labor.
Nadie niega la inversión que se ha hecho porque su aplicación ha sido vigilada por instituciones internacionales, como la United Nations Foundation de Estados Unidos y la World Land Trust del Reino Unido.
El gigantesco crecimiento del Grupo Ecológico Sierra Gorda es innegable: en pocos años ha creado empresas de corte social y comercial.
Sin embargo la atmósfera de prosperidad que plantea el Grupo Ecológico contrasta con las vidas de Isabel Rubí, o la de Beatriz Aguas y Laura Pérez, trabajadoras de una cafetería, que aunque sonríen, no pueden ocultar la pobreza.
Mientras Martha Ruiz Corso, fundadora de los proyectos, canta por sus logros, las dueñas de la tierra por antigüedad que participan como invitadas del proyecto ecoturístico, hurgan el optimismo: “Es menos pesado (trabajar en la cafetería Cuatro Palos), antes teníamos que ir hasta Querétaro y nos pagaban bien poquito, aquí nada más vamos a comprar la comida, hacemos la comida, lavamos los trastes, está mejor”, afirma Laura, una de las trabajadoras.
Los hombres, herederos de la Sierra Gorda, por generaciones, han perdido la tierra a cambio de 5 mil pesos por hectárea. El Grupo Ecológico ha comprado cerca de 3 mil 500 hectáreas, dice Marta Ruiz.
¿Cómo pudo una familia convencer a comunidades serranas de cinco municipios para entregar parte de su tierra, servir al proyecto ecoturístico y continuar en la pobreza? Martha, de cabello corto y cano, camiseta blanca debajo del vestido guinda, calcetas y huaraches, explica que se debe a que su propia apariencia junto con los cantos que otorga a la población, le ha abierto las puertas.
Y el pueblo de la civilización negada, el de la historia milenaria, el México profundo, ha creído. Tan es así que hace faenas para capturar unos cuantos milímetros de agua y llevarla hasta los hogares con ayuda de los burros en la comunidad Epazote; espera paciente a clientes enfadados de las grandes ciudades y antojados de una aventura campestre, a bajo costo; cambia la irritación por una sonrisa cuando ve que un tigre se comió parte del ganado; y habla de la modificación del clima --un problema de escala global-- desde su apartada tierra sin grandes avenidas, sin parques industriales, sin desarrollo.
Isabel Trejo Rubí, tiene 65 años, y día a día, ya no recuerda desde hace cuánto, se le va la vida en moldear patos, estrellas , soles, lunas y otros objetos de ornato que luego coloca en fila maquinalmente para dejarlos secar.
Isabel vive únicamente con su esposo en una lejana comunidad que no podía llamarse de otro modo más que Soledad de Guadalupe, en la Sierra Gorda del Estado de Querétaro.
Por aquella zona se oye hablar de proyectos ecoturísticos en la Biósfera, y en los que Isabel Trejo forma parte, al ser trabajadora de un Taller de Cerámica apoyado por el Grupo Ecológico Sierra Gorda, quien dirige el rescate de la reserva de 383 mil hectáreas de área natural protegida, incluido su ecosistema y su gente, a través de millonarios programas medioambientales; pero esto Isabel no lo sabe, no lo nota.
Hace poco, un grupo de reporteros visitó el taller de cerámica. Para llegar hasta aquel paraje hay que transitar cerca de dos horas por terracería y otras más por la cinta asfáltica.
Sin embargo, ya otros interesados en conocer el afamado proyecto han logrado ingresar al sitio, así es que Isabel no se inmutó cuando vio llegar la caterva con cámaras, micrófonos, grabadoras, flashazos, preguntas y hasta órdenes.
“¡Póngase este micrófono debajo del delantal, por favor doñita!”, “¿Cómo se llama?”, “A ver madre mire a la cámara”; le estallan los comentarios a Isabel, que finalmente accede a desviar su atención del barro queretano, abandona los monosílabos que la escudaron en principio y desahoga parte de su vida cotidiana, de sus jornadas de 10:00 a 17:00 horas, de la mínima ganancia de cien pesos a la semana que obtiene del barro y que debe conjuntar con el apoyo del Programa federal “Oportunidades”.
El taller de cerámica en Soledad de Guadalupe es atendido por Bonifacia Coca Guzmán, de tan sólo 14 años.
El Grupo Ecológico Sierra Gorda es intermediario entre los artesanos y los turistas. A cambio de dar clientes al taller, la asociación coloca su logo en los souvenirs.
Una tasa de ornato cuesta desde los artesanos, diez pesos, pero desde los escaparates finales del municipio de Jalpan de Serra, Querétaro, el precio sube al doble.
El proyecto liderado por la familia queretana Ruiz Pedraza no deja de ser ambicioso y palpable porque incluso hay premios que ha obtenido por su labor.
Nadie niega la inversión que se ha hecho porque su aplicación ha sido vigilada por instituciones internacionales, como la United Nations Foundation de Estados Unidos y la World Land Trust del Reino Unido.
El gigantesco crecimiento del Grupo Ecológico Sierra Gorda es innegable: en pocos años ha creado empresas de corte social y comercial.
Sin embargo la atmósfera de prosperidad que plantea el Grupo Ecológico contrasta con las vidas de Isabel Rubí, o la de Beatriz Aguas y Laura Pérez, trabajadoras de una cafetería, que aunque sonríen, no pueden ocultar la pobreza.
Mientras Martha Ruiz Corso, fundadora de los proyectos, canta por sus logros, las dueñas de la tierra por antigüedad que participan como invitadas del proyecto ecoturístico, hurgan el optimismo: “Es menos pesado (trabajar en la cafetería Cuatro Palos), antes teníamos que ir hasta Querétaro y nos pagaban bien poquito, aquí nada más vamos a comprar la comida, hacemos la comida, lavamos los trastes, está mejor”, afirma Laura, una de las trabajadoras.
Los hombres, herederos de la Sierra Gorda, por generaciones, han perdido la tierra a cambio de 5 mil pesos por hectárea. El Grupo Ecológico ha comprado cerca de 3 mil 500 hectáreas, dice Marta Ruiz.
¿Cómo pudo una familia convencer a comunidades serranas de cinco municipios para entregar parte de su tierra, servir al proyecto ecoturístico y continuar en la pobreza? Martha, de cabello corto y cano, camiseta blanca debajo del vestido guinda, calcetas y huaraches, explica que se debe a que su propia apariencia junto con los cantos que otorga a la población, le ha abierto las puertas.
Y el pueblo de la civilización negada, el de la historia milenaria, el México profundo, ha creído. Tan es así que hace faenas para capturar unos cuantos milímetros de agua y llevarla hasta los hogares con ayuda de los burros en la comunidad Epazote; espera paciente a clientes enfadados de las grandes ciudades y antojados de una aventura campestre, a bajo costo; cambia la irritación por una sonrisa cuando ve que un tigre se comió parte del ganado; y habla de la modificación del clima --un problema de escala global-- desde su apartada tierra sin grandes avenidas, sin parques industriales, sin desarrollo.
Bajando a traer agua de consumo en la comunidad de Epazote, actividad cotidiana en la región
Mujer de la comunidad Cuatro Palos, trabajadora del proyecto ecoturístico en Sierra Gorda
Trabajadora en la Cafetería de la comunidad Cuatro Palos
Don Santos Orozco regala limas dulces del árbol de su casa a los visitantes en San Juan de los Durán
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